martes, 28 de abril de 2015

Filósofos argentinos: Saúl Taborda (1885 - 1944)

Nació en la provincia de Córdoba, Argentina, el 2 de noviembre de 1885. Cursó estudios de Abogacía en la Universidad Nacional de La Plata y fue nombrado docente de Sociología en la Universidad de Litoral en 1920. Participó activamente en la Reforma Universitaria de 1918, vinculado al grupo de intelectuales encabezados por Deodoro Roca, Carlos Astrada y Raúl Orgaz, con quienes entabló amistad personal.

En 1922 viajó hacia Alemania para cursar estudios en Filosofía en las Universidades de Marburgo, de Zurich y de Viena, culminando en la Universidad de París. Regresó a la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1927 para reabrir su estudio de Abogacía. Durante ese mismo año, co-dirigió la Revista Clarín junto a Carlos Astrada. Asimismo, entre 1935 y 1939, dirigió la Revista “Facundo”, desde donde dio a conocer algunas de sus ideas fundamentales.

El concepto de “lo facúndico” y el de “comunalismo federalista”, constituyen parte del núcleo de su pensamiento. El primero hace referencia al “genio nativo” que preserva el núcleo duro de la cultura y la idiosincrasia hispana preexistente a la ola inmigratoria y que se caracteriza por una voluntad radical de autonomía política y económica. El segundo hace referencia a una auto-realización política popular expresada históricamente en el caudillismo y contrapuesta al unitarismo centralista porteño y sus instituciones liberales. Para Tabora, el “caudillo” y la “comuna” son dos figuras sin las cuales no se puede entender el fenómeno político en nuestro país antes y después de la Revolución de Mayo.

Bibliografía:
Taborda, S. (2011); Escritos Políticos, 1934 – 1944, Ed. de la Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, Argentina.


(Texto elaborado para alumnos del 4° año del Profesorado en Economía del ISFD “Mariano Moreno” de la localidad de Bell Ville, materia: Filosofía).

miércoles, 22 de abril de 2015

Filósofos argentinos: Carlos Astrada (1894 - 1970)


Carlos Astrada nació el 26 de febrero de 1894 en la ciudad de Córdoba, provincia de Córdoba, Argentina, en la zona conocida como Pueblo Colón. Cursó sus estudios secundarios en el tradicional colegio universitario del Monserrat, en la ciudad de Córdoba.
Participó en el movimiento de la Reforma Universitaria de 1918, ligado al ala más radical del pensamiento de la época sustentado por el grupo de Deodoro Roca confrontando, por primera vez en su vida, con los resabios ultramontanos de los referentes del pensamiento reaccionario, por un lado, y contra las excesivas pretensiones del positivismo y su predominio cientificista, por otro.
En noviembre de 1920 se trasladó a la ciudad de La Plata, donde es nombrado Profesor de Psicología en el Colegio Nacional, del cual Saúl Taborda era Rector. En 1921 fue designado Director de Publicaciones en la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, cargo que ocupó hasta su viaje a Alemania en 1927.
Con treinta años de edad, Astrada viajó a Europa con una beca de perfeccionamiento. Radicado inicialmente en Colonia, Alemania, realizó diferentes cursos en los cuales conoce y aprende de los filósofos alemanes contemporáneos más importantes: Edmund Husserl y Martin Heidegger, entre otros.
En 1937 se estableció nuevamente en Buenos Aires, Argentina, e inició su actividad docente en la Cátedra de Ética de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.
En 1949, tuvo una importante participación en el Primer Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza, realizado durante el primer gobierno peronista y que contó la presencia del propio Presidente Perón.  En él  se derrotó intelectualmente al pensamiento neotomista argentino y sus pensadores ultramontanos.

BIBLIOGRAFÍA

-David, G. (2004); “Carlos Astrada. La filosofía argentina”, Ed. El Cielo por Asalto, Bs. As.

(Texto elaborado para alumnos de 4° año del Profesorado en Economía, ISFD "Mariano Moreno" de Bell Ville, materia: Filosofía)

lunes, 9 de junio de 2014

De junio a septiembre: Córdoba y el golpe de Estado de 1955

Entre sus dos luminarias más destacadas del siglo XX –la Reforma Universitaria de 1918 y el Cordobazo de 1969-, Córdoba tiene un terreno ganado por las sombras. En el lapso que corre de junio a septiembre de 1955, nuestra provincia -y en particular la ciudad de Córdoba- ocupó un lugar protagónico en los sucesos que culminaron con el violento derrocamiento del segundo gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. En esos meses se dio inicio a  un proceso caracterizado por la implementación de una ofensiva violenta y planificada que culminó con la renuncia del electo Presidente.  Entre los hechos más destacados de este violento proceso se encuentran, sin duda, los bombardeos a Plaza de Mayo, la Casa Rosada, el edificio de la CGT y la residencia presidencial, perpetrados  el 16 de junio de 1955 en la ciudad de Buenos Aires, que causaron la muerte de más de trescientas personas y produjeron también más de setecientos heridos, todos ellos civiles, inclusive niños. Era la primera capital de América del Sur en ser criminalmente bombardeada por sus propias Fuerzas Armadas. “Es indudable que pasarán los tiempos, pero la Historia no perdonará jamás semejante sacrilegio”, afirmó Perón en su discurso por cadena nacional de aquel 16 de junio. Y a partir de aquella fatídica fecha, maduraron las condiciones de un golpe de Estado que tuvo a Córdoba como uno de sus principales “focos” y “brotes”. Así lo señala el levantamiento del General Dalmiro Videla Balaguer en la guarnición de la localidad de Río Cuarto, producido el 31 de agosto de 1955, cuando se declara en “rebeldía” con la intención de marchar hacia Córdoba capital, después de escuchar el famoso discurso del “5 por 1” de Perón.

El papel de Córdoba en el golpe: el “brillante faro en la noche de la tiranía”

Córdoba tiene entre sus militares, apellidos de prosapia golpista. Ya en septiembre de 1951, el General de Brigada Benjamín Andrés Menéndez, tío del genocida Luciano Benjamín, realizó un fallido intento de derrocar a Perón desde Campo de Mayo, Buenos Aires. Cuatro años más tarde, a pesar de aquel primer intento defectuoso, la tarea ya estaba cumplida. En ella el General  de División Eduardo Lonardi cumplió un papel fundamental siendo el responsable principal de la conducción del “Comando General” del golpe iniciado en Córdoba. En su discurso de asunción como Presidente provisional de la Nación, del 23 de septiembre de 1955, Lonardi señaló con énfasis su pertenencia mediterránea: “Llego a esta Capital desde una tierra clásica en la República Argentina, que acaba de honrar sus blasones hidalgos con una épica página de heroísmo y de muerte […]”. Era la Córdoba “heroica”, levantada por la “libertad” contra la “tiranía”.
Remarcó, asimismo, el rol de “foco de fuerza” cumplido por dicha ciudad para dar impulso al “brote” que prendió en otras localidades y provincias: “La acumulación de fuerzas en la Capital Federal hacía que fuese muy difícil dar en ella el golpe inicial. Era necesario, pues, hacerlo en el interior, pero con la ayuda de la Flota; y fueron elegidas Córdoba, Cuyo y las provincias del Litoral […]. Córdoba dio particularmente un emotivo ejemplo con los [oficiales jóvenes] de las Escuelas de Artillería y Paracaidistas, del Liceo General Paz y de las diversas unidades que integran el conjunto de su guarnición aérea”. Tiempo antes de este discurso histórico, la ciudad mediterránea fue convertida por unos días en Capital provisional de la República como expresión de su carácter de epicentro golpista y símbolo del “triunfo”.  Fue por ello considerada como uno de los focos iniciáticos más importantes de la autodenominada “Revolución Libertadora”, o en palabras del propio Lonardi: “Córdoba se convirtió en un ascua de oro, en un brillante faro en la noche de la tiranía”. Tiempo después, más precisamente el 13 de noviembre de 1955, Lonardi fue desplazado de su cargo, ocupando el mismo el General Pedro Eugenio Aramburu. Se cerraba así, la etapa del “ni vencedores ni vencidos” y se consolidaba el fracaso del sector nacionalista católico liderado por Lonardi que pretendía –según lo manifestado por el propio General- mantener los derechos conquistados por los trabajadores. La dupla Aramburu – Rojas quedaba al mando.

El apoyo cívico – religioso: los ‘comandos civiles’ cordobeses del golpe
           
En su ensayo, “1955, ‘Revolución’ en Córdoba”, Refael Capellupo destaca que una de las características más distintivas del golpe iniciado en la ciudad mediterránea fue “la amplia participación de civiles armados antes y durante esos días críticos en los que la ciudad se convirtió en un verdadero campo de batalla”. Asimismo, en la nota del diario “Clarín” del 29 de septiembre de 1955, titulada: “Luchóse con una consigna: Córdoba no se entrega”, se remarcó la organización metódica del autodenominado “Comando Revolucionario Civil”, integrado por Jefes de Grupo pertenecientes a diversos partidos políticos, a sectores estudiantiles y religiosos. “Un mes antes de la Revolución –afirma el citado artículo-, este Comando Revolucionario Civil ya estaba perfectamente organizado con sus Grupos de Choque, Grupos de Secuestro y Detención de Personas [sic], Dinamiteros, Movilidad y los Grupos Técnicos (teléfonos, telégrafos, radioemisoras y ferrocarriles)”. Distintas fuentes insisten en que el número de civiles bajo la conducción de este “Comando” ascendía a cerca de 3.500 cordobeses. Independientemente de la exactitud de la cifra, es importante remarcar la existencia de una conducción planificada de la violencia con tonada cordobesa.
Y sin pretender entrar en dramatismos, complementamos las consideraciones anteriores con las afirmaciones del investigador César Tcach, para quien los enfrentamientos producidos en la ciudad de Córdoba asumieron la característica de una “guerra civil”. Según sostiene el mencionado autor en “Sabattinismo y Peronismo”: “Un comando de las Juventudes Católicas asaltó el local de la UES; otro encabezado por el dirigente del PDNC [Partido demócrata Nacional de Córdoba] Rómulo Carrara, se hizo cargo de la Estación Terminal de Ómnibus; un tercero compuesto por estudiantes del Partido Reformista ocupó la odiada seccional 3a de Policía, situada en pleno corazón de Barrio Clínicas; otro comando civil compuesto por 140 radicales –dirigido por León Fribank, presidente de la Agrupación Radical de Empleados de Comercio- combatió en el barrio Aeronáutico y posteriormente se trasladó a la Plaza San Martín para atacar junto a fuerzas militares la jefatura de Policía. La Iglesia no estuvo ausente en los combates. Desde la parroquia de Cofico jóvenes y sacerdotes armados se enfrentaron a tiros con la policía”. La coordinación planificada de las acciones armadas entre militares,  diferentes partidos políticos, grupos católicos y estudiantiles, fueron el signo distintivo del comienzo de un ciclo de dieciocho años de proscripciones, persecuciones y prohibiciones cada vez más violento. ¿Se podrá pensar a Córdoba como el lugar donde comenzó uno de los dramas más importantes del país? Más aún, ¿ha desaparecido el substrato cultural que sirvió de fondo a los comandos –militares y civiles- de la violencia organizada?
Destacar el papel cumplido por militares y civiles de Córdoba en este plan de violencia escalonada de repercusión nacional, se presenta como una puerta de acceso pertinente para la compresión del contexto de radicalización política que caracterizó a nuestro país durante las décadas siguientes y para interrogarnos sobre las raíces profundas de una cultura del autoritarismo y sus consecuencias.

Publicado en la Revista "Deodoro", Gaceta de crítica y cultura de la Universidad Nacional de Córdoba, junio de 2014

martes, 1 de abril de 2014

"El movimiento estudiantil y el Taller Total: debates sobre la Universidad"


Capítulo del libro "Historias recientes de Córdoba", Editorial de la Fac. de Filosofía y Humanidades de la UNC. 

El objetivo del presente capítulo es determinar el conjunto de relaciones existentes entre el proceso de politización y radicalización del movimiento estudiantil argentino, y el de Córdoba en particular, con la experiencia pedagógica del Taller Total desarrollada en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de Universidad Nacional de Córdoba entre 1970 y 1975. La propuesta del Taller Total se elaboró en el marco de un debate crítico desarrollado por el movimiento estudiantil y parte del cuerpo docente sobre el modelo de Universidad vigente, la necesidad de su transformación, los posibles caminos para hacerlo y las diferentes herramientas disponibles para la tarea desde el campo específico de la Arquitectura, ensayando un modelo pedagógico de enseñanza-aprendizaje-investigación, nunca antes practicado en la Universidad de Córdoba. Todo ello, además, en directa vinculación con el proceso de proscripción, politización, radicalización y nacionalización del estudiantado argentino y cordobés, que implicó la superación de la histórica división del mismo con las reivindicaciones propias de los sectores trabajadores, así como el desarrollo de nuevas formas de organización y representación estudiantil.
Pretendemos con este análisis poner en relación los aspectos centrales del marco histórico-político propuesto por varios autores con los presupuestos y el desarrollo del Taller Total, aunque sin abordar las particularidades más específicas de esa experiencia. Aún cuando en términos históricos la documentación relevada indica que el mencionado Taller se desarrolló desde septiembre de 1970 hasta noviembre de 1975 en la entonces Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Córdoba, la reconstrucción a grandes rasgos del proceso que atravesó el movimiento estudiantil argentino a partir de 1955 permite avanzar en la caracterización de uno de los factores condicionantes y posibilitantes más importantes de la experiencia del Taller Total. En efecto, los propios participantes del mismo, durante la puesta en vigencia del nuevo Plan de Estudios para la carrera de Arquitectura, remarcaron que el proceso que atravesó el movimiento estudiantil fue uno de los factores que confluyeron en la concreción del Total.[1] Nuevo Plan de Estudios, eliminación del sistema de Cátedras y división de la tarea estudiantil en Equipos de Trabajo, relación horizontal entre docente y alumno, sanción de un régimen de carrera docente y elaboración de una nueva estructura académica cuyo órgano superior y resolutivo se llamó la “Coordinadora General”, son algunos de los aspectos característicos de la experiencia del Taller Total. Aún cuando no es propósito de este capítulo el análisis detallado de los mismos, algunos de ellos serán considerados con más detenimiento y se propondrá, de manera tentativa, un cronología del desarrollo del Taller Total.
   

[1] Lic. en Filosofía, Becario del CONICET, cursa actualmente el Doctorado en Cs. Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. El presente capítulo presenta algunos de los resultados parciales de la investigación doctoral en curso.
[2] En efecto, el Equipo de Pedagogía, dirigido por la docente María Saleme de Burnichon, que participó orgánicamente en la elaboración de la propuesta del Total y también en la puesta en funcionamiento de la misma, publicó un artículo en la Revista Los Libros, de noviembre de 1971, donde se señaló al proceso atravesado por el movimiento estudiantil como uno de los factores posibilitantes, además de otros dos: la crisis institucional interna de la Facultad de Arquitectura y la serie de discusiones que se desarrollaron en América Latina a propósito del rol del arquitecto y el sentido o la función de la enseñanza de la arquitectura. 
 


Descargalo acá:
https://drive.google.com/file/d/0Bz0bfrQSCc6xX04yN0FyZVBtMXc/edit?usp=sharing

domingo, 9 de marzo de 2014

A 100 años del natalicio de J.J. Hernández Arregui

“En lo que a mí respecta, de los libros se me ha arrojado a la lucha. 
No es mi persona la que ha sido humillada. Bien sé que el odio es 
contra las ideas nacionales que defiendo. Ideas ya separadas de mí 
y por lo tanto libres, pues están incorporadas, al margen de mi voluntad, al proceso 
ideológico de la liberación nacional.Y a las ideas, señor, no se las encarcela”.
  J.J. Hernández Arregui,7 de mayo de 1962, Cárcel de Caseros.



Existen raras ocasiones en las que el campo popular hace surgir de su seno tipos caracterológicos semejantes a los de un atlante cogitativo, capaces de avanzar por sí mismos en la intelección de las contradicciones centrales de una época entera. Decimos esto porque se cumplirán el próximo 29 de septiembre, 100 años del nacimiento de Juan José Hernández Arregui, uno de los cuadros intelectuales –si es que se nos permite utilizar esta palabra- más imponentes de lo que se conoce comúnmente como el Pensamiento Nacional, Popular y Latinoamericano. Había nacido en Pergamino, provincia de Buenos Aires, pero su formación de grado la obtuvo en la Facultad de Filosofía y Letras -así era el nombre por aquella época- de la Universidad Nacional de Córdoba. Su tesis de doctorado, titulada “Los orígenes sociológicos de la cultura griega”, aprobada en 1944, aún puede consultarse en la Biblioteca de la mencionada Facultad.
Su figura parece acrecentarse en estos tiempos que corren, en los que vuelven a surgir nuevos colectivos sociales, culturales y políticos populares en el Sur de nuestra América y comienza, así también, a cristalizarse eso que él llamaba el proceso de “formación de la conciencia nacional” de los pueblos. La artillería conceptual de Arregui es de munición gruesa y los frentes donde presentó batalla fueron múltiples y varios: literatura, historia, sociología, filosofía. Una sólida formación en los clásicos griegos, con la ineludible impronta y colaboración del filósofo Rodolfo Mondolfo, parece haber sido uno de los elementos centrales de su entrenamiento intelectual. Y para que el lector no piense que se trató de otro académico que pensaba en la revolución con escuadra, compás y tiralíneas, recordemos que fue perseguido por la furia antiperonista de 1955 y encarcelado en abril de 1962, habiendo sido depuesto ya Arturo Frondizi. Inició su experiencia política en las filas del radicalismo sabattinista de Córdoba siendo joven, para pasar posteriormente al peronismo y cumplir funciones en la administración pública durante la gestión del Cnel. Domingo A. Mercante en la provincia de Buenos Aires. Se dice que esta experiencia de gestión le hizo conocer el internismo barato y desagradable de la administración pública, después de lo cual pasó a dedicarse completamente a la acción ideológica. En efecto,Imperialismo y Cultura es de 1957, La formación de la conciencia nacional es de 1960,¿Qué es el ser nacional? de 1963, Imperialismo y Nación de 1969, Peronismo y Socialismode 1972. Son libros escritos en el taller de forja de la resistencia peronista, cuya influencia y circulación irán creciendo a medida que se concrete esa transformación y paso de losjóvenes rebeldes de los ’60 a los militantes revolucionarios de los ’70.
Esperar de este filósofo egresado de nuestra Universidad el ánimo sereno de quién busca apaciguar los ánimos y dejar a todos conformes es alimentar falsas expectativas. Arregui era como un ventarrón que sacudía las aguas quietas del estanque para evitar que estas se pudrieran, algo que Hegel entendía era una propiedad de las guerras o de los guerreros. Como ejemplo de este movimiento tectónico que producía Arregui en sus lectores de época util será recordar entonces lo que le sucedió, entre otros, a Rodolfo Ortega Peña.

“Hernández Arregui era demasiado peronista”

En efecto, el entonces joven abogado prologa la segunda edición de Imperialismo y Cultura, en 1964, y relata vívidamente el impacto por él experimentado al comprender, de la mano de Arregui, todo el complejo sistema antinacional que lo había alimentado durante tanto tiempo. Ortega Peña que provenía, según sus propios términos, de un hogar pequeño burgués, típicamente liberal, que se había beneficiado de la política económica de los dos primeros gobiernos peronistas, pero que no dudaba junto con cierta juventud universitaria en embarcarse en conspiraciones contra esa misma “dictadura”. Ortega Peña que, según él mismo decía, había participado del festejo de la Revolución Libertadora en Plaza de Mayo, escuchando el “ni vencedores ni vencidos” de Lonardi, junto a las “señoras gordas, los amigos de mis padres, los estudiantes” que también agitaban las banderitas argentinas. Ese mismo Ortega Peña que se había al Partido Comunista Argentino en una distinguida confitería de barrio norte en Capital Federal, dejando su firma en una ficha afiliatoria “decorada con la grotesca estampa de Bernardino Rivadavia”. Ese mismo Ortega Peña, decía, experimentó la munición gruesa de Arregui. “Arrebatado por el entusiasmo vital, resultado desbordante del impacto del libro, preparé inmediatamente un comentario del mismo”, con la idea de ser publicado en una revista universitaria del mencionado Partido. Por supuesto, eso nunca sucedió, “Hernández Arregui era demasiado peronista” le dijeron. Lo central de la anécdota es que Arregui creyó ver en esta experiencia de ruptura del joven Ortega Peña, el cambio de toda una generación universitaria hacia el país.
La saga de aleccionados no parece culminar aquí. Uno de los propios muchachos de ‘Pasado y Presente’ acusó recibo de la artillería conceptual arreguiana y la marca que la misma dejó. “La formación básica del militante comunista de los años ’40 y ’50 –decía José María Aricó, en una entrevista publicada en el N° 250 de la Revista ‘Todo es Historia’, en 1988- seguía siendo la historia del Partido Comunista de la URSS. Puede parecer una burrada, pero sabíamos más de los problemas de algunas aldeas de la URSS o sobre teorías de bolcheviques no renombrados, pero ignorábamos el debate revisionismo – liberalismo en sus fuentes. Sabíamos de Stalin, pero ignorábamos a Mitre […]. Además, había una suerte de desprecio a esto que llaman tradiciones nacionales, su peso, su densidad, no eran vistas, ni tenidas en cuenta.  A fines de los ’50, nos abrimos a los textos vetados en el Partido: los trabajos de Puiggrós sobre los partidos políticos argentinos y en los primeros ’60, a Hernández Arregui”. El ventarrón conceptual sacudía las aguas ideológicas estancadas. Cuando algunos recién comenzaban a revisar críticamente la caracterización que los partidos de la izquierda tradicional habían hecho del yrigoyenismo primero y del peronismo después, Arregui ya insistía en que no podía haber una “izquierda nacional” por fuera del peronismo, entendido este en términos generales como el movimiento de masas más importante de la historia de nuestro país.

“Soy peronista, porque soy marxista”

Si para J. W. Cooke la revolución sin el peronismo era una abstracción, para Arregui una “izquierda nacional” que no tuviera sus pies en el amplio terreno de dicho movimiento era otro narcótico mental sin  posibilidades reales de transformar la realidad. Su polémica con aquellos que, como Abelardo Ramos, sostenían que esa “izquierda nacional” podía y debía desarrollarse por fuera “pegando juntos y marchando separados”, marcó alternativas históricas. “En consecuencia –decía Arregui en una nota a la segunda edición de La formación de la conciencia nacional-  la ‘izquierda nacional’ no es más que una tendencia, y así lo entendí al crear el término, dentro del propio Movimiento Nacional Peronista, al margen de grupos y sectas que han pretendido desvirtuar su sentido originario”. La creación en 1964, del grupo CÓNDOR, en el que participarán también Eduardo Luis Duhalde, Ricardo Carpani, Ortega Peña y el gremialista Alberto Belloni, entre otros, como grupo de difusión ideológica, pretendía precisamente la articulación entre el pensamiento marxista y la clase trabajadora peronista por entender a ésta como el único actor con capacidad real de avanzar en una revolución nacional. “Soy peronista, porque soy marxista”, decía Arregui y la potencia del enunciado resumía su posición en un acalorado debate de época.
En una carta dirigida al propio Hernández Arregui en 1969, Perón le decía: “la causa de la revolución necesita de algunos realizadores, pero no menos de muchos miles de predicadores que, empeñados en la tarea de persuadir, no cejen en el empeño de incendiarlo todo si es preciso”. A casi 100 años de su natalicio sigue vivo el carácter flamígero y ardiente de un estilo inconfundible no sólo por su forma sino por los problemas de fondo planteados para el momento histórico en el que le tocó vivir y por los conceptos y métodos empleados para pensar la realidad nacional en toda su complejidad. Valgan estas palabras como un sencillo y sentido homenaje.

Artículo publicado en la Revista "Deodoro", Gaceta de Crítica y Cultura, Universidad Nacional de Córdoba, Septiembre de 2013, Año 4, N° 35, ISSN: 1853-2349.

martes, 4 de marzo de 2014

lunes, 3 de marzo de 2014

Libro "Aniquilar y Restaurar. El proyecto político del Terrorismo de Estado"

Introducción

El presente trabajo es el resultado de un conjunto de investigaciones realizadas a propósito de la problemática del Terrorismo de Estado y de las violaciones a los Derechos Humanos que le son características.
Es extraña, sin duda, la tarea que pretenden alcanzar estas páginas. Llevar la filosofía a lugares que no ha recorrido con asiduidad e insistencia, dista de ser un quehacer familiar a nuestro pensamiento. La sala de torturas de un Centro Clandestino de Detención, las fosas comunes, los enterramientos masivos, la apropiación de menores, los engranajes sórdidos de una máquina de aniquilar, el sueño de una restauración total y definitiva. Objetivo perseguido no en vano. Es así que uno de los teóricos más preclaros del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” delimitó cuál era la función que debía cumplir la filosofía en el marco de la cruzada emprendida por las Fuerzas del Orden: “vivimos en un mundo cuyo símbolo más expresivo es el fragmento. Ya hemos visto en el capítulo anterior, hasta que punto la realidad ha sido fragmentada en ‘realidades’, el conocimiento en una serie de especializaciones, la continuidad de la vida histórica en una enconada ruptura de generaciones, el oficio unitario de ser hombre en una atomización de de ocupaciones con sus éticas particulares y sus funciones excluyentes. Partes, átomos, fragmentos. La filosofía no puede sino ser nuevamente un principio de unificación, brindar visiones de conjunto. A la idolatría del fragmento debe oponer una vocación por el todo; a las significaciones parciales, la búsqueda de una significación última y fundante”.[1]  Los ideólogos del “Proceso” quisieron reestablecer a la filosofía en su trono y coronarla con la noble tarea de encontrar el centro último y fundante de una sociedad que se veía amenazada, según sostenían, por un peligro constante. Obviamente, al coronarla de ese modo se estaban coronando, a su vez, a sí mismos, reservando para sí la capital tarea de encontrar nuevamente el centro último y fundante. Heraldos y propulsores filosóficos del régimen.
Con esto, pretendo insistir en un aspecto en particular a desarrollar en el presente trabajo. En la puesta en marcha del proyecto propiamente político de la última dictadura, las Fuerzas Armadas no estuvieron solas. Un vasto sector académico e intelectual teorizó de una manera profusa sobre tal proyecto. Es que una violencia de tal intensidad como la ejercida por las fuerzas de seguridad, no podría haberse puesto en práctica, al fin y al cabo, sin un conjunto de concepciones que le dieran legitimidad y aceptación en un considerable sector de la sociedad argentina. Allí, un conjunto de intelectuales hicieron valer toda su formación y capacidad conceptual. ¿Quiénes fueron? ¿Qué decían? ¿Qué enseñaban en sus cátedras? ¿Qué sostenían? ¿De qué tradición política se proclamaban herederos? Preguntas éstas que espero poder responder. Es que el terrorismo de Estado tuvo su propia ontología, una verdadera metafísica de verdugos, una auténtica filosofía de asesinos. Algunos de sus elementos más destacados pretenden ser analizados aquí.
Las consecuencias políticas y sociales de las prácticas características del actor mencionado son por todos conocidas: las máximas violaciones a los Derechos Humanos en la historia reciente de nuestro país. En el análisis y caracterización de las mismas, algo se estremece. Es que el rostro del viejo Dios cristiano y occidental deja ver sus contornos tras el llanto, el grito y la muerte. La genealogía de estas prácticas insiste en mostrar una y otra vez el carácter temporal de las mismas, su contingencia, sus condiciones de aparición y puesta en funcionamiento. Insiste en desarrollar una crítica a los valores de una civilización occidental y cristiana mostrando las funciones políticas de sus tecnologías de poder y sus efectos más sórdidos. En el cumplimiento de esta tarea se da experimento a una filosofía que ya no reserva para sí la tarea de encontrar el centro último y fundante ni tampoco la de establecer el principio de unificación. Toda esta vieja metafísica de verdugos, con sus sacerdotes e intelectuales, con sus teóricos y predicadores, fueron elementos constitutivos del horizonte de sentido característico del Terrorismo de Estado. Horizonte de sentido al que no pertenecemos, ni queremos tampoco pertenecer.




[1] Massuh, V.; Nihilismo y experiencia extrema, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1976, pág. 181, 2a ed.

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